"La mayoría de nuestras equivocaciones en la vida nacen de que cuando debemos pensar, sentimos y cuando debemos sentir, pensamos". (J.Churton Collins)

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martes, 15 de enero de 2013

La ceguera del Jefe


En cierta ocasión, escuché a un gerente de una compañía en la que trabajé hace años, que para ser un buen profesional no solo era importante serlo sino parecerlo.
De alguna manera, lo que quería decir es que la credibilidad que tienes como profesional no sólo depende de lo que hagas sino de cómo los demás lo perciban y en este sentido, sí es importante no solo hacer bien tu trabajo sino que también lo parezca.

Pensando en esta idea, he recordado un programa de arte en el que entrevistaban a Eduardo Chillida y hablaba de una de sus grandes obras; “El peine del viento”. El comentaba que cuando elaboraba sus esculturas en tamaño pequeño en su casa, era como un acto privado, de satisfacción intimista, pero cuando tenía que convertir esa pequeña escultura, ese boceto a escala real y tenía que contar con todas aquellas personas (herreros e ingenieros), era como dirigir una orquesta.



“Orquesta”, es la palabra que a veces me gusta utilizar para hacer referencia a la armonía, la cohesión y el equilibrio de capacidades que han de existir dentro de un equipo de trabajo. Está claro que el Sr.Chillida tenía claro el concepto de ser un buen director de orquesta, bien porque a través de sus vivencias había llegado a ello por sí solo, o quizás contó con la ayuda de algún coach experto. Quién sabe?!

La cuestión que os propongo es, si creéis que en el mundo empresarial los mandos tienen claro lo que implica ser un buen jefe. A lo largo de mi trayectoria profesional, he tenido buenos y malos jefes y como formadora y coach, he escuchado opiniones de todo tipo en relación a los jefes. Si tú, que estás leyendo este post eres jefe, te sugiero que te plantees estas dos preguntas:

1.- ¿Qué tipo de jefe/a creo que soy?
2.-¿Qué tipo de jefe/a me gustaría ser?

Trabaja con tus respuestas, y sobre todo se honesto contigo mismo/a, porque podrás engañarte a ti mismo, pero al final, es la gente que te rodea y que trabaja contigo, la que determina cuánta credibilidad tienes. Y sé consciente de que sin credibilidad no podrás dirigir, como mucho mangonearás y mangoneadores ya hay muchos en el ámbito político.

Que nadie se rasgue las vestiduras cuando llegue a sus oídos que algún/os colaboradores, compañeros, etc. hablan mal de él/ella, porque en esta vida como decía mi abuela, mujer sabia, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

martes, 15 de noviembre de 2011

Obras son amores...

Y no buenas razones. Así reza un refrán popular para explicar que las palabras por sí solas valen más bien para poco, si no van acompañadas de hechos y comportamientos que las validen.

La congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos es lo que se llama credibilidad. Cada vez que decimos algo, nos comprometemos a hacer nuestro comportamiento posterior consistente con lo que decimos y de la misma manera, nos comprometemos a la validez de aquello que afirmamos.

La base sobre la que generamos nuestra credibilidad se haya en la confianza que los demás depositan en nosotros. Ambas se retroalimentan y de no existir confianza, difícilmente puede desarrollarse adecuadamente una relación sana y nutritiva entre personas.

¿Hay alguien que confíe en otra persona que se comporta de una forma que no es congruente con lo que afirma? Claro que no. La dificultad está en saber cuándo el otro no es sincero.

De hecho, hay personas que cuando expresan sus pensamientos o sentimientos son sinceros, aunque su sinceridad puntual no garantiza el cumplimiento de lo que expresan, puesto que en el devenir de una relación suele existir un tiempo entre el momento de declarar algo y el momento de cumplirlo, y los motivos que pueden alegarse son muy diversos. Llegado este momento, solo la explicación ofrecida o la manera de relatar los motivos que han generado su comportamiento, determinará que la confianza perdure o por el contrario quiebre.

Lo explicaré con un ejemplo (Leonardo Wolk):

Si sostengo un objeto entre los dedos de mi mano y abro la mano, el objeto caerá al suelo. Ante la pregunta: ¿Por qué cayó el objeto?, algunos responderán: “Por la fuerza de la gravedad”; otros dirán: “Porque lo soltaste”. Podría haber otras explicaciones; pero en estas dos anteriores ¿alguna es falsa? La respuesta es que no y ambas son igualmente válidas, aunque son diferentes maneras de explicar un mismo hecho. Entonces, ¿Dónde radica la diferencia? En la primera los motivos que nos llevan a soltarlo están fuera de nuestra responsabilidad. Se debe a la fuerza de la gravedad. En la segunda asumimos la responsabilidad de haberlo soltado porque así lo hemos elegido desde nuestra libertad de acción.


No hay varitas mágicas que “a priori” te permitan reconocer a aquellas personas que utilizan la palabrería para transmitir una imagen de sí mismos que no se corresponde con lo que son realmente. No obstante, estar atentos a las señales e indicios que la persona transmite a través de su comportamiento (lo que dice y lo que hace), puede ayudarte a conocer realmente cómo es el otro y cuáles son sus verdaderas intenciones.

No olvides, que no solo actuamos de acuerdo a cómo somos, (y lo hacemos), sino que también somos de acuerdo a como actuamos.

-Tus actos dicen más de como tú eres que tus palabras.

-Sé consciente de tu comportamiento, porque genera consecuencias en tu relación con los demás.

-Siéntete responsable de tus acciones.

Y tú, ¿Qué tipo de persona quieres ser? ¿Eliges ser víctima de lo que te rodea: tu jefe mediocre, la vorágine del tiempo, los ordenadores , fuente inagotable de problemas, etc… con lo cual quedas exonerado de toda culpa, aunque el problema siga existiendo; o eliges ser el protagonista de tus actos, para que solo siendo parte del problema, puedas ser parte de la solución?

Elegir uno u otro camino, determinará tu nivel de credibilidad para con las personas que te rodean y la confianza que los demás tengan en ti.